Lanval
Lanval,
envidiado por su valor y su apostura, no gozaba de popularidad. En una
ocasión se sintió desconsolado al ser invitado al pabellón de la mujer
más bella. Ésta le dijo que había acudido desde muy lejos para
comprobar si Lanval era tan apuesto y cortés como se contaba. Hicieron
el amor y a continuación la mujer dijo a Lanval que jamás hablara a
nadie de ella. Si cumplía esta condición, dijo, ella se le aparecería
siempre que la necesitase y le haría rico. Lancal aceptó y volvió a la
corte, donde se comportó muy generosamente con sus nuevas riquezas.
Su
fama creció hasta que un día la reina Ginebra se le insinuó. Él la
rechazó diciendo que era fiel a una dama mucho más hermosa. Ginebra
dijo a Arturo que Lanval la había insultado, por lo que debía ser
castigado.
Lanval fue juzgado e instado a presentar a la dama que
era más hermosa que Ginebra. Él se negó, y cuando las cosas se
empezaron a poner difíciles la dama se presentó radiante sobre un
caballo blanco. Todos aceptaron que Lanval había dicho la verdad y
recuperó su libertad. Entonces cabalgaron juntoos hasta Avalon y nadie
más volvió a verlos.



